“Barrio Los Durazneros, manzana 13, casa 17”, decía el papelito arrugado en el bolsillo. En el colectivo repasaba las indicaciones, como si fueran una nueva oración recién enseñada por la catequista.
Un cartel de Coca Cola llama su atención mientras el transporte sale de la autopista. “Los Durazneros - dijo en voz baja -. Después del semáforo toco el timbre”.
Solo en la parada, mirándose las zapatillas destrozadas, reconoció la caricia del sol cálido de la mañana. Un paso y ya no hay vuelta atrás. Es mejor no pensar. Da el primer tranco. Mientras avanza no deja de mirarse los pies, quizás estos sí se arrepientan y den la media vuelta que se necesita para salir corriendo. En el camino elige el recorrido de una acequia sucia y maloliente, con la esperanza de que lo lleve a otro lugar.
“Manzana 13, casa 15”. Está más cerca que nunca, se detiene y levanta la mirada, prefiere observar antes que dar un paso más. En el jardín de la casa 17 juegan dos nenes a la pelota. Los mira con atención, convencido de que nadie puede verlo. Alguien apurado pasa por su lado golpeándole el hombro, el golpe casi lo desestabiliza. Pero el desconsiderado pasa de largo sin siquiera mirarlo, toca la puerta de la misma casa y alguien sale a su encuentro.
Otra vez dirige su vista a las zapatillas viejas, tiene miedo de ser descubierto. El extraño entra a la casa. Ahora es el momento de acercarse. Da cinco pasos dudosos y contracturados, uno de los chicos patea la pelota con fuerza y vocifera: “¡Golazo!”. El grito lo sacude, igual que un despertar abrupto, y lo deja paralizado.
El desconocido que le había entumecido el brazo sale por la puerta que ambos tenían como oscuro destino, se detiene frente a él y, agitado y mirando para otro lado, le dice: “Hoy no venden, chabón, ya no queda nada”.
Mayo 31, 2008 a las 5:25 pm
Es una de las mejores postales que leí de la realidad actual de nuestro país.
Junio 10, 2008 a las 11:36 am
La Tinta: ¡Gracias!