(Esta historia empezó acá).
(El capítulo anterior es este).
La noche anterior al primer día de trabajo me moría de los nervios. Las expectativas revoloteaban en el aire pesado de mi dormitorio y parecía que me iba a caer duro de felicidad.
“¿Cómo serán mis compañeros y mi jefe? ¿Será muy difícil? Si el trabajo es para atender a clientes de telefonía celular, ¿me tendré que comprar uno de esos aparatejos raros para entender esta jodida tecnología? Me contaron que son caros… ¿Para qué jolines la gente gastará en esas boludeces? ¿Acaso no es más fácil llamar desde una cabina?”. Mirando el techo me acordé de un viaje que había hecho a Buenos Aires un par de años atrás - cuando recién empezaban a aparecer los primeros zapatófonos
- y de cómo quedé shockeado al descubrir que la mitad de los tipos - que caminaban agitados por Florida, vestidos de ejecutivos y con maletín en mano - hablaban por… ¡¡CELULARES DE JUGUETE!!
Después de este último pensamiento me quedé sin ovejas para contar. Se me cruzaban imágenes de la Señora de los anillos con ideas locas acerca de cómo sería un headset. “¿Será como en las películas? ¿Podré tener mi cestito de basket para hacer puntería mientras hablo con los clientes?”
Hacía un calor de perros - los eneros cordobeses son tremendos - y yo sin un mango para comprarme un pedorro ventilador. Esa sería mi primera adquisición, claro.
Junio 6, 2008 a las 6:51 pm
Creo que nunca me contó tan apasionadamente su paso por un callcenter.
Junio 7, 2008 a las 6:26 am
buena historia… mola como lo haces
saludos
faBio
Junio 10, 2008 a las 11:41 am
secreta porteñita: En realidad, el “apasionamiento” era porque se trataba de mi primer trabajo.
faBio: Gracias por pasar por acá, me divertí mucho con tu post sobre Amy Winehouse. ¡Bienvenido!