No creo en estas cosas pero esta vez no me queda otra. Escribo ahora para distraerme: estoy solo en casa, son las tres de la mañana y no aguanto esta tensión en la espalda, esta contractura.
Todo empezó hace tres meses, cuando nos mudamos. Costó conseguir un lugar como la gente, uno a donde entrara toda la familia, tantos muebles y semejante biblioteca. Nos fuimos a un departamento céntrico, amplio, bien luminoso y ruidoso. Pero, cuando la ciudad se va a dormir, el silencio desnuda los secretos que ocultan estas paredes.
En casa somos muchos y hay bastante movimiento, a cada rato entra y sale gente. Quizás por eso los problemas empiezan cuando queda alguien solo… Un pequeño escalofrío bastó para que empezara a enviar mensajitos de texto a todos los familiares que hoy no pasan la noche en casa. Hice preguntas, recibí respuestas inmediatas -y casi me infarto con el beep de cada mensaje-, até cabos y llegué a esta conclusión: no estoy loco… y tampoco estoy solo, como creía.
Arroz con leche,
Me quiero quedar
en esta casa linda y poder asustar
a la madre, a los hijos
y también a los vecinos.
¡De acá no me voy nunca, o me pongo a llorar!
A uno lo destaparon de golpe mientras trataba de conciliar el sueño, a otro le abrían y cerraban las puertas del placard, a otra le tiraron del pelo y a mi madre le hicieron la zancadilla. A todos por la noche. Y yo me pregunto: ¿qué me hará a mí? Por ahora sólo noté un movimiento involuntario del cursor en la pantalla. No hubo contacto pero, por las dudas, no me voy a distraer.
Maldito sea el momento en que decidí no irme de viaje con los demás para tener un poco de tranquilidad. Malditos sean mis planes de quedarme solo para poder estudiar sin que nadie me interrumpiera. Maldita oscuridad. Maldito frío. Malditos pasillos. Malditos pasos. Malditas risitas. Maldita memoria traicionera, que no me deja acordarme si cerré la puerta con llave.
Y sigue jugando con mis nervios. Trato de parecer tranquilo. La sensación de que me están observando me hace transpirar. Cruzo los dedos (no sé para qué, como si eso me protegiera). ¡Qué ganas de llorar! Ensayo una oración -de esas que me enseñaron en el Catecismo- pero me sale al revés, ¡así no sirve!
Aserrín, aserrán
¿los miedosos donde están?
pido paz, no me dan
pido juegos, me dan un rezo
y me mandan al infierno.

Los pasos de piecitos descalzos se acercan y alejan a cada rato. Las risitas son ahogadas, suavecitas, como las de una nena que se tapa la boca con la picardía de quien encuentra el escondite perfecto. Pienso en algún amuleto, como una medalla, una estampita, un rosario -pero para eso hay que atravesar el pasillo hasta el cuarto de mi madre y, de acá, no me muevo ni mamado-. Quiero cerrar la puerta de mi habitación pero no me animo, no vaya a ser que quieran golpearla.
Los pasos y las risitas cesan. No quiero mirar pero mis ojos me traicionan y veo…
Veo, Veo…
¿Que ves?
A un miedoso
¿Y qué miedoso es?
Empieza con la “F”
¿Quién será? ¿Quién será? ¿Quién será?

No creo en estas cosas pero esta vez no me queda otra. Escribo ahora para distraerme: estoy solo en casa, son las tres de la mañana y no aguanto esta tensión en la espalda, esta contractura.
Todo empezó hace tres meses, cuando nos mudamos. Costó conseguir un lugar como la gente, un lugar a donde entrara toda la familia, tantos muebles y semejante biblioteca. Nos fuimos a un departamento céntrico, amplio, bien luminoso y ruidoso. Pero, cuando la ciudad se va a dormir, el silencio desnuda los secretos que ocultan estas paredes.
En casa somos muchos y hay bastante movimiento, a cada rato entra y sale gente. Quizás por eso los problemas empiezan cuando queda alguien solo… Un pequeño escalofrío bastó para que empezara a enviar mensajitos de texto a todos los familiares que hoy no pasan la noche en casa. Hice preguntas, recibí respuestas inmediatas -y casi me infarto con el beep de cada mensaje-, até cabos y llegué a esta conclusión: no estoy loco… y tampoco estoy solo, como creía.
Arroz con leche,
Me quiero quedar
en esta casa linda y poder asustar
a la madre, a los hijos
y también a los vecinos.
¡De acá no me voy nunca, o me pongo a llorar!
A uno lo destaparon de golpe mientras trataba de conciliar el sueño, a otro le abrían y cerraban las puertas del placard, a otra le tiraron del pelo y a mi madre le hicieron la zancadilla. A todos por la noche. Y yo me pregunto: ¿ahora me tocará a mí? Por ahora sólo noté un movimiento involuntario del cursor en la pantalla. No hubo contacto pero, por las dudas, no me voy a distraer.
Maldito sea el momento en que decidí no irme de viaje con los demás para tener un poco de tranquilidad. Malditos sean mis planes de quedarme solo para poder estudiar sin que nadie me interrumpiera. Maldita oscuridad. Maldito frío. Malditos pasillos. Malditos pasos. Malditas risitas. Maldita memoria traicionera, que no me deja acordarme si cerré la puerta con llave.
Y sigue jugando con mis nervios. Trato de parecer tranquilo. La sensación de que me están observando me hace transpirar. Cruzo los dedos (no sé para qué, como si eso me protegiera). ¡Qué ganas de llorar! Ensayo una oración -de esas que me enseñaron en el Catecismo- pero me sale al revés, ¡así no sirve!.
Aserrín, aserrán
¿los miedosos donde están?
pido paz, no me dan
pido juegos, me dan un rezo
y me mandan al infierno.
Los pasos de piecitos descalzos se acercan y alejan a cada rato. Las risitas son discretas y suavecitas, como de una nena que se tapa la boca con la picardía de quien encuentra el escondite perfecto. Pienso en algún amuleto, como una medalla, una estampita, un rosario -pero para eso hay que atravesar el pasillo hasta el cuarto de mi madre y, de acá, no me muevo ni mamado-. Quiero cerrar la puerta de mi habitación pero no me animo, no vaya a ser que quieran golpearla.
Los pasos y las risitas cesan. No quiero mirar pero mis ojos me traicionan y veo…
Veo, Veo…
¿Que ves?
A un miedoso
¿Y qué miedoso es?
Empieza con la “F”
¿Quién será? ¿Quién será? ¿Quién será?