Archivos de la categoría ‘A mí me pasó’

Soltero no se hace: se nace

Octubre 20, 2009

Hace tiempo publiqué una guía sobre todo lo que no se debe hacer para que aquellas situaciones de interacción con el sexo opuesto no se transformen en momentos de lastimoso galanteo. Tómense estas líneas como instructivo para entender un nuevo flagelo que acongoja a los hombres de mi generación y como una continuación de las infelices situaciones en las que me vi envuelto a la hora de hacerme el galán.

Quizás en tu grupo de amigos todavía quede algún soltero que no enganche ni con ganzúa. No seas mala persona y no lo molestes porque sufre de una enfermedad muy común de este nuevo siglo: el “computismo” (se manifiesta con el síntoma de soledad desasociada, acompañado de sedentarismo extremo y de un tremendo olor a patas).

Se trata de un trastorno que -al igual que la carencia de fotogenia- se manifiesta desde el nacimiento y es una variación de la “soltería” de la centuria pasada. El aislamiento que genera Internet y el maravilloso mundo virtual perjudican a estas inocentes víctimas que asumen su condición frente al reconfortante tiqui-taca del teclado, defendiendo hasta la muerte que es mucho más placentero aprender a hacer un elefantito de papel por origami.com, que agarrar un libro por primera vez en años.

Imagen de fuente desconocida

Si alguna vez tiene el infortunio de quedar desconectado del mundo, maldice y saca trabajosamente su voluminosa existencia a la luz del sol en busca de un cyber-café. Nada le impedirá que en su Facebook siga cargando operías sobre cuestiones a las que nadie le interesa, para que las vea el único contacto que le quedó -todos lo bloquearon por escribir arbitrariamente la frase “hablemos de discriminación” en los muros ajenos-. Nada le vedará el deseo compulsivo de mantener su cuenta de Twitter más actualizada que la página de Clarín en épocas de sanción de la ley de medios audiovisuales.

Imagen de fatboyclub.blogspot.com

Pero el sujeto de estudio, aquí citado, también sale a la calle -muy de vez en cuando- por otros motivos. Es en esos vertiginosos minutos en los que queda totalmente a la deriva y sin amparo, si tiene que comunicarse con alguna mujer (algo que pasa, sobre todo, cuando uno se olvida su masculinidad colgada en el perchero). Debo comunicarles, con pesar, que he notado -en una sola conversación-  algunos indicios de dicha afección en mi persona:

Indicio 1:

- Hola, ¿vos sos Ana? ¿Te acordás de mí? Fuimos compañeros de coro cuando éramos chicos.

- ¡No me digás que sos Federico! ¡Me acuerdo que comías queso rallado en los ensayos! ¡Jajajajaja! ¡Qué asco!

- …

Indicio 2:

- Sí, je. Soy yo. ¿Cómo estás?

- ¿Seguís comiendo queso rallado?

- (Y dale que va…) Sí, a veces. ¿Salías del gimnasio este?

- Sí, vine a averiguar si hay Pilates pero mejor no vengo acá, porque vos sí venís acá, ¿no? Menos mal porque buena falta te va a hacer con esa panzota, jajaja. ¿Recién empezando con el ejercicio?

- …

Indicio 3:

- No, no, hace seis meses que vengo.

- ¡Uh! Bueno, ¡cómo habrás estado antes!

- …

Indicio 4:

- ¿Tetttteeee… nés Facebook?

- ¡Chau, chau!

- …

Asumido

Septiembre 28, 2009

Estoy aquí, con las manos quietas y estos dedos extraños. Aquí me ves, con el alma partida en dos y el corazón arrugado. Del mismo lugar no me muevo y es probable que sólo descubra desolación a mis costados. Allá me reconozco, gris y borroso, en el espejo reflejado.

Hoy he asumido mi condición de desempleado.

Imagen de buscandounasalida - 01

Imagen de buscandounasalida - 02

¿Qué jolines pasó en Agosto?

Septiembre 4, 2009

Durante el mes que pasó las estadísticas se dispararon a cifras que este blog no estaba acostumbrado a experimentar. Apenas observé el fenómeno, lo tomé con mucha alegría porque quiere decir que cada vez hay más lectores. Pero, al ver que la curva seguía creciendo empecé a sospechar.

Imagen WordPress Dashboard 08-2009

La duda empezó a entretejerse cada vez más cuando releí algunos comentarios de lectores de meses atrás. Aquí está el primero de estos:

Comment 1

¿Este muchacho busca a alguien para hacer lo que yo me imagino que tiene ganas de hacer? No, no puedo ser tan mal pensado che, eso de creer que la gente tiene intenciones non sanctas no es de buen blogger. A ver los otros…

Comment 2

Google me está jugando una mala pasada. No por casualidad todo este tipo de “contribuciones” de mis calientes lectores fueron en un post que se llama “Manual de sexo cibernético” (que nada tiene de manual y mucho menos de sexo cibernético).

Posts más vistos en el último trimestre

¿Acaso la gente ya no lee antes de mandarse así como se mandan? ¿Quizás la calentura les nubla la vista? ¿A lo mejor las necesidades insatisfechas los lleva a denigrar de esta manera a mi pobre blogcito de pocos (pero fieles) lectores?

Buscando una salida se ha convertido (por más que mis intenciones hayan sido totalmente distintas) en una página de contactos sexuales. Ni yo me lo creo. Hasta he recibido un par de propuestas para hacer cochinadas. Si me invitan a alguna fiestita, yo pago la cerveza.

Me pica… ¡y no me puedo rascar!

Agosto 25, 2009

El movimiento de los brazos reducido apenas a unos pequeños grados, la tremenda sensación de estar llevando a Montserrat Caballé a cococho, las pantorrillas que queman tanto que hay que caminar en puntitas de pie, no poder llevarse el mate a la boca ni sonarse los mocos, tener que pensar dos veces antes de doblar el cuello o la cintura, sentir arrepentimiento inmediato al inclinarse…

No estaría lamentándome si no hubiera tomado la irreversible determinación de volver al gimnasio. No estaría llorando de dolor si, además, no hubiera decidido cambiar de gimnasio.

Un nuevo instructor puede ser fatal: no conoce tus limitaciones, cree que no hacés los ejercicios que te pide por vago, te reduce a la más repugnante escoria humana, te mira con asco, con cara de “¡aghh!, ¡sos un vil gusano desagradable y obeso!”. Y a mí me tocó la peor parte. Fui un viernes por la tarde, averigüé precios, curioseé entre los aparatos… Parecía suficiente. “El lunes vengo”, dije.

Tres días más tarde -y luego de un esmerado autoconvencimiento de que esto me iba a hacer bien- me presenté con mi toallita y mi botellita de agua, feliz y contento de empezar una nueva vida, saludable y placentera. Me inscribí, pagué y cuando me doy vuelta conozco al INSTRUCTOR. ¡Apaaaa!

180 kilogramos de músculo puro, tres cabezas más alto y dos espaldas más ancho que yo. Apenas me encontré de frente con una mano que pretendía estrechar la mía tuve que mirar para arriba y, entre los pectorales prominentes, asomó la cabeza del torturador. Se presentó, me presenté con voz temblorosa y finita, me dejó la mano (manita) cachusa y mojada de transpiración ajena y me dio las instrucciones del precalentamiento: veinte minutos de cinta.

-          Pero no me gusta correr, ¿no es mejor la bicicleta fija?

-          No.

-          Pero… pero… (…)

-          No. Aparte, mirá toda la grasa que tenés.

Fue una pesadilla: el tipo estiró un brazo y atrapó violentamente un rollo, con dos dedos más duros que una tenaza, que reposaba tranquilo al costado de mi pobre pancita cervecera y humillada. Lo zarandeó a los cuatro puntos cardinales, delante de todos los presentes que no hicieron el más mínimo el esfuerzo de contener las risitas socarronas. Con la cabeza gacha, caminé pesadamente hasta la cinta, sintiéndome más gordo, sorete y vencido que nunca. Esta realidad en nada se parecía a la mañana que había imaginado, andando plácidamente en bicicleta. La gente me miraba con lástima… ¡y me dolía mi rollito!

Esa hora y media fue interminable, puse mi mente en blanco y me repetía hasta el cansancio “¡Ya va a pasar! ¡Ya va a pasar! ”. La idea de una liposucción (bajo el poncho, sin que nadie se entere) como solución a mis problemas se había esfumado: ahora prefería que me corten los brazos y las piernas.

Llegué a casa, tiré las llaves sobre el sillón (no alcanzaba el porta-llaveros de la pared) y me metí en la ducha a duras penas. Sólo pude lavarme desde la cintura -pasando por mi ardido rollito- hasta los codos. Me recosté trabajosamente en la cama mientras me picaba la espalda. Y recién ahí pensé “¡Mamita! ¡Me quiero morir!”

Hoy, a fuerza de analgésicos por partida doble, hago el tremendo esfuerzo para alcanzar las teclas y contar mi experiencia. Ya no hay tantos problemas con la picazón insatisfecha: encontré una regla de 30 cm. Me parece que el resto de la semana mi rollito y yo nos tomamos vacaciones del gimnasio.

Imagen de funnychill.com

Veo, veo

Agosto 14, 2009

No creo en estas cosas pero esta vez no me queda otra. Escribo ahora para distraerme: estoy solo en casa, son las tres de la mañana y no aguanto esta tensión en la espalda, esta contractura.

Todo empezó hace tres meses, cuando nos mudamos. Costó conseguir un lugar como la gente, uno a donde entrara toda la familia, tantos muebles y semejante biblioteca. Nos fuimos a un departamento céntrico, amplio, bien luminoso y ruidoso. Pero, cuando la ciudad se va a dormir, el silencio desnuda los secretos que ocultan estas paredes.

En casa somos muchos y hay bastante movimiento, a cada rato entra y sale gente. Quizás por eso los problemas empiezan cuando queda alguien solo… Un pequeño escalofrío bastó para que empezara a enviar mensajitos de texto a todos los familiares que hoy no pasan la noche en casa. Hice preguntas, recibí respuestas inmediatas -y casi me infarto con el beep de cada mensaje-, até cabos y llegué a esta conclusión: no estoy loco… y tampoco estoy solo, como creía.

Arroz con leche,

Me quiero quedar

en esta casa linda y poder asustar

a la madre, a los hijos

y también a los vecinos.

¡De acá no me voy nunca, o me pongo a llorar!

A uno lo destaparon de golpe mientras trataba de conciliar el sueño, a otro le abrían y cerraban las puertas del placard, a otra le tiraron del pelo y a mi madre le hicieron la zancadilla. A todos por la noche. Y yo me pregunto: ¿qué me hará a mí? Por ahora sólo noté un movimiento involuntario del cursor en la pantalla. No hubo contacto pero, por las dudas, no me voy a distraer.

Maldito sea el momento en que decidí no irme de viaje con los demás para tener un poco de tranquilidad. Malditos sean mis planes de quedarme solo para poder estudiar sin que nadie me interrumpiera. Maldita oscuridad. Maldito frío. Malditos pasillos. Malditos pasos. Malditas risitas. Maldita memoria traicionera, que no me deja acordarme si cerré la puerta con llave.

Y sigue jugando con mis nervios. Trato de parecer tranquilo. La sensación de que me están observando me hace transpirar. Cruzo los dedos (no sé para qué, como si eso me protegiera). ¡Qué ganas de llorar! Ensayo una oración -de esas que me enseñaron en el Catecismo- pero me sale al revés, ¡así no sirve!

Aserrín, aserrán

¿los miedosos donde están?

pido paz, no me dan

pido juegos, me dan un rezo

y me mandan al infierno.

Imagen de pro.corbis.com (modificada por mí)

Los pasos de piecitos descalzos se acercan y alejan a cada rato. Las risitas son ahogadas, suavecitas, como las de una nena que se tapa la boca con la picardía de quien encuentra el escondite perfecto. Pienso en algún amuleto, como una medalla, una estampita, un rosario -pero para eso hay que atravesar el pasillo hasta el cuarto de mi madre y, de acá, no me muevo ni mamado-. Quiero cerrar la puerta de mi habitación pero no me animo, no vaya a ser que quieran golpearla.

Los pasos y las risitas cesan. No quiero mirar pero mis ojos me traicionan y veo…

Veo, Veo…

¿Que ves?

A un miedoso

¿Y qué miedoso es?

Empieza con la “F”

¿Quién será? ¿Quién será? ¿Quién será?

Imagen de lindacrispell.blogspot.com (modificada por mí)

No creo en estas cosas pero esta vez no me queda otra. Escribo ahora para distraerme: estoy solo en casa, son las tres de la mañana y no aguanto esta tensión en la espalda, esta contractura.

Todo empezó hace tres meses, cuando nos mudamos. Costó conseguir un lugar como la gente, un lugar a donde entrara toda la familia, tantos muebles y semejante biblioteca. Nos fuimos a un departamento céntrico, amplio, bien luminoso y ruidoso. Pero, cuando la ciudad se va a dormir, el silencio desnuda los secretos que ocultan estas paredes.

En casa somos muchos y hay bastante movimiento, a cada rato entra y sale gente. Quizás por eso los problemas empiezan cuando queda alguien solo… Un pequeño escalofrío bastó para que empezara a enviar mensajitos de texto a todos los familiares que hoy no pasan la noche en casa. Hice preguntas, recibí respuestas inmediatas -y casi me infarto con el beep de cada mensaje-, até cabos y llegué a esta conclusión: no estoy loco… y tampoco estoy solo, como creía.

Arroz con leche,

Me quiero quedar

en esta casa linda y poder asustar

a la madre, a los hijos

y también a los vecinos.

¡De acá no me voy nunca, o me pongo a llorar!

A uno lo destaparon de golpe mientras trataba de conciliar el sueño, a otro le abrían y cerraban las puertas del placard, a otra le tiraron del pelo y a mi madre le hicieron la zancadilla. A todos por la noche. Y yo me pregunto: ¿ahora me tocará a mí? Por ahora sólo noté un movimiento involuntario del cursor en la pantalla. No hubo contacto pero, por las dudas, no me voy a distraer.

Maldito sea el momento en que decidí no irme de viaje con los demás para tener un poco de tranquilidad. Malditos sean mis planes de quedarme solo para poder estudiar sin que nadie me interrumpiera. Maldita oscuridad. Maldito frío. Malditos pasillos. Malditos pasos. Malditas risitas. Maldita memoria traicionera, que no me deja acordarme si cerré la puerta con llave.

Y sigue jugando con mis nervios. Trato de parecer tranquilo. La sensación de que me están observando me hace transpirar. Cruzo los dedos (no sé para qué, como si eso me protegiera). ¡Qué ganas de llorar! Ensayo una oración -de esas que me enseñaron en el Catecismo- pero me sale al revés, ¡así no sirve!.

Aserrín, aserrán

¿los miedosos donde están?

pido paz, no me dan

pido juegos, me dan un rezo

y me mandan al infierno.

Los pasos de piecitos descalzos se acercan y alejan a cada rato. Las risitas son discretas y suavecitas, como de una nena que se tapa la boca con la picardía de quien encuentra el escondite perfecto. Pienso en algún amuleto, como una medalla, una estampita, un rosario -pero para eso hay que atravesar el pasillo hasta el cuarto de mi madre y, de acá, no me muevo ni mamado-. Quiero cerrar la puerta de mi habitación pero no me animo, no vaya a ser que quieran golpearla.

Los pasos y las risitas cesan. No quiero mirar pero mis ojos me traicionan y veo…

Veo, Veo…

¿Que ves?

A un miedoso

¿Y qué miedoso es?

Empieza con la “F”

¿Quién será? ¿Quién será? ¿Quién será?

No es lo mío la fotogenia

Junio 15, 2009

 

     Después de años de no reconocerme en fotos, no queda otra que asumir que soy un discapacitado a la hora de salir decentemente. Y eso que me esfuerzo: he practicado varias “caras de foto” para solucionar el problema. Pero nada…

 

     Curiosamente, no se trata de un flagelo privado: también les pasa a otros, aunque no es hereditario ni contagioso. Los casos en los que el damnificado sale menos perjudicado son en los que, efectivamente, “NO SALE” en la foto. A modo de ejemplo, en las próximas cinco fotos, podemos jugar a “¿A dónde está FEDE?”:

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 01

 

     Menos mal que la foto que sigue fue sacada en mi cumpleaños:

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 02

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 03

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 04

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 05

 

     También está la típica foto “ideal” que uno se quiere sacar… Hasta que aparece “el colado” para modificar la idea original y, en consecuencia, perjudicando seriamente el “gesto de foto” que uno ya venía ensayando:

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 06

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 07

 

     La patología comienza a manifestarse en la niñez con una pequeña pizca de infortunio:

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 08

 

     Pero la desgracia no es pasajera: sigue durante la vida de adulto:

 

0069 - Imagen de buscandounasalida - 09

 

     Llegamos a la conclusión de que la fotogenia no es para todos (por lo menos no para mí) y de que no hay Photoshop que ayude. Aquellos que se sientan identificados con este trastorno, pierdan las esperanzas: saldrán mal en las fotos y los videos hasta el fin de sus días. Pueden lograr una especie de autoengaño ensayando “caras de foto”, como les decía más arriba. Pero, en lo posible, traten de ponerlas en práctica en el momento indicado: cuando sale el flash:

 

0068 - Imagen de buscandounasalida - 10

Internetless life sucks!

Junio 9, 2009

     Ya casi un mes y sigo sin internet… Ya vuelvo, ¡¡ya vuelvo!! (o, al menos, eso espero)

Treintitis (II)

Marzo 16, 2009

 

Si no soportás ni un solo tema de reggaeton,

no es que la música actual esté atentando en contra del buen gusto: pasaste la treintena.

 

Si una empanadita de morondanga te da acidez,

no es culpa de la cocinera: tenés más de treinta.

 

Si preferís salir en taxi para no dejar el auto en un estacionamiento,

además de haberte convertido en un mañoso, tenés treinta y pico.

 

Si el lenguaje de los mocosos adolescentes te parece rebuscado, raro y ajeno,

no te has convertido en un extranjero: ¡estás en los treinta!

 

Si, cuando vas al quiosco, comprás pañuelitos descartables en vez de preservativos,

estás hecho mierda por culpa de la treintena.

 

Si cada vez usás más cremitas que te recetó la dermatóloga,

además de estar para el geriátrico, es porque tenés más de treinta.

 

Si cambiaste la comida rápida por yogurcitos que alivian el tránsito lento,

no se trata de que tu intestino se haya revelado, es porque tenés treinta y tantos.

 

Si fuiste buscar una lapicera y volviste con un sacacorchos,

tu diagnóstico es Alzheimer y Treintena.

 

Si tenés la impresión de que podés perder un diente o más,

tu dentadura postiza acusará más de treinta.

 

Si empezaste a notar arrugas nuevas junto a los ojos,

no es porque te rías mucho: es porque pasaste la treintena.

 

Si cuando dormís te levantás cuarto o cinco veces al baño,  

no es porque hayas tomado mucho líquido:  ¡tenés treinta y pico!

 

Imagen de unoriginal.co.uk

Treintitis

Marzo 13, 2009

 

Si de un día para el otro te salen pelos en la nariz y en las orejas,

no te engañes: no te has convertido en el Hombre Bobo, pasaste la treintena.

 

Si cada vez te cuesta más recuperarte de una noche de juerga,

no es culpa de la calidad del alcohol, ni de cuánto tomaste: tenés más de treinta.

 

Si tu pancita cervecera ya es indisimulable,

asumilo: tenés treinta y pico.

 

Si te duele la cintura y la cabeza al mismo tiempo y no sabés porqué,

he aquí la respuesta: ¡treinta!

 

Si, cada vez que te reís, te ahogás como tu tía Elsita,

tenés treinta o un enfisema.

 

Si te dormís cuando tenés que estar despierto y te despertás cuando tendrías que estar durmiendo,

¡que vivan los treinta!

 

Si en tu alacena cada vez hay tés más raros,

no es porque te volviste inglés: tenés más de treinta.

 

Si los grititos chillones de tus sobrinos te revientan la cabeza,

no es porque se volvieron más agudos: tenés treinta y tantos.

 

Si, cuando apenas refresca, vos ya estás buscando el saquito para no enfermarte,

tu piel de gallina acusa más de treinta.

 

Si decidís ir al gimnasio y todo te cuesta el doble que años atrás,

no protestes (las pesas no son más pesadas que antes): pasaste la treintena.

 

Si, cuando te despertás, descubrís que dejaste una aureola de baba en la almohada

está todo perdido, viejo, ¡tenés treinta y pico!

 

Imagen de bp2.blogger.com

Slogan

Marzo 11, 2009

 

Viaje a Córdoba ida y vuelta,

$ 340.

 

Gastos de comida y transporte por una semana,

$ 300.

 

Estadía en casa de amigos y primos,

$0.

 

Aprobar una materia perno -como Epistemología- con una nota mediocre,

NO TIENE PRECIO.

 

 

Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar.

Para todo lo demás existe…

 Imagen de buscandounasalida.com

 

¿Solterón amargado yoooo?

Enero 9, 2009

 

     Hoy, durante el almuerzo, mi madre juntó coraje y -luego de un “No te vayas a enojar con lo que te voy a decir” para suavizar la hecatombe que se venía- soltó una frase que me dejó estupefactamente atragantado: “Sos un solterón amargado… ado… ado… ado…”

 

     ¡La pucha! ¿Tendrá razón? Si me lo hubiera dicho otra persona, vaya y pase pero… ¡fue mi madre! ¿Acaso las madres no ven a sus pichones como seres perfectos, únicos e irrepetibles? La última bofetada acomodadora de ideas la recibí a los diecisiete años pero esta dolió igual que las anteriores.

 

     ¿Cómo contestar a semejante aseveración? Lo único que me salió fue una risita nerviosa y mal fingida. Pero tenía que encontrar una salida a la situación: “Mamá, tengo treinta años. ¡No es como en tu época que se casaban a los quince!”. Me hice el ofendido y seguí comiendo como pude. El puré de papas se deslizó dificultosamente por mi garganta, como si me estuviera tragando una virulana rasposa y oxidada.

 

     La oración todavía vibraba, tambaleante sobre la mesa, y se repitió de forma tan persistente que no me quedó otra que ponerme a reflexionar sobre semejante manifestación: ¿Seré realmente “un solterón amargado… ado… ado… ado…?”

 

     Las malas experiencias con parejas pasadas me llevaron a concebir al amor sólo como un intercambio de fluidos, hormonas y alguno que otro sentimiento. ¿Alguien puede asegurar que hay algo más que eso? No. Llegamos a la conclusión, entonces, de que el enamoramiento pasa sólo en las películas, es un ideal, una utopía, hasta una fantasía. Así como Dick Van Dyke limpiaba chimeneas en Mary Poppins con inexplicable pericia, como Anita la huerfanita era sospechosamente adoptada por un multimillonario (sincerémonos: Anita era bien feíta), o como un extra-terrestre iba a parar al jardín de la casa de un nene afectado por el divorcio de sus padres. Son cuestiones que no se prueban empíricamente. No hay base científica que las sustente.

 

     Si el amor no existe para todos los demás, entonces, ¿por qué habría de existir para mí? Y, si existiera, ¿hay acaso en el mundo una persona exageradamente generosa, indescriptiblemente bella, inconmensurablemente sexy y totalmente incondicional para mí? ¿Hay sobre esta tierra un ser que abunde en atenciones hacia mis innumerables deseos y necesidades, que se desviva para darme placer, dinero y comprensión sin miramientos y que no tenga problemas en compartirme con otras colegas de poligamia? No lo creo.

 

     Aparte, tengo treinta años, ¡TREINTA AÑOS! La vida recién empieza para mí. ¿Por qué habría de fustigarme con escenitas de celos, con preguntitas estúpidas como “¿Me querés?”, o con compromisos que no quiero? ¿Para qué preocuparme por pañales y discutir a qué colegio voy a mandar a mis hijos?

 

     Soy un convencido de que no estoy solo. Conozco mucha gente de mi edad que prefiere mantenerse en la soltería por un buen rato todavía. A los veinte hice una promesa con una amiga de que, si a los treinta no estábamos casados, iríamos juntos al altar. Hoy -que ya estamos en la treintena- corrimos la edad tope a los cuarenta. Por eso, querida (santa, casta y pura) madre, la soltería no es un problema exclusivamente mío: Es generacional.

 

 

 

E’ un mondo difficile

e vita intensa

felicita’ a momenti

e futuro incerto

il fuoco e l’acqua

con certa calma

serata di vento

e nostra piccola vita

e nostro grande cuore

 

¡La boludez no tiene fronteras!

Diciembre 3, 2008

 

     ¿Tenés nostalgia de los momentos vividos en tu adolescencia? ¿Pensás que ya estás “mayorcito” para algunas cosas? ¿Lamentás no haberte divertido cuando pudiste? Te invito a mi grupo de amigos ¡y vas a recuperar el tiempo perdido!

 

 imagen de buscandounasalid

 

     Alguien me dijo que ya es hora de madurar… Pero bueno, se ve que no conoce el grupo de gente perversa con el que me junto.   

 

 

 

 Imagen de buscandounasalida

 

     Somos un grupo de boludos con mayoría de treintañeros. Casi todos nos conocemos desde el colegio y, aunque las circunstancias nos han llevado por distintos caminos en la etapa universitaria, el viento nos ha vuelto a amontonar y nos ha traído nuevos ejemplares de los cuales nos avergonzamos (y ellos se avergüenzan de nosotros también).

 

 Imagen de buscandounasalida

 

     Ellos me han arrastrado a situaciones embarazosas: He asistido a un casting de Gran Hermano y a otro de Operación Triunfo (sí, ¡confieso que he pecado!), y nos han echado a patadas de toda oportunidad para hacernos famosos. He perseguido a potenciales novios de mis amigas y, gracias a eso, me he dado cuenta de que la frase “¡siga a ese taxi!” no se usa sólo en las películas. He presenciado aparatosas caídas en lugares públicos y he tenido que rescatar a más de uno de alguna borrachera lastimosa.

 

 Imagen de buscandounasalida

 

     Pero no toda la culpa es de mis amigos. Admito que la boludez colectiva de esta gente se me ha metido en la sangre y declaro que, casi siempre, soy más boludo que ellos.

 

 Imagen de buscandounasalida

 

     Lamentablemente, las situaciones penosas sólo aparecen cuando gente que no nos conoce se junta (por primera y única vez) con mi grupo. Ahí es cuando veo la diferencia entre una persona normal… y nosotros. Y ahí es cuando reflexiono acerca de aquellos a los que no volvimos ver nunca más: “¿qué será de …?”, es una pregunta que nos hacemos frecuentemente. Pensar que todavía nos extrañamos cuando se cruzan de vereda para no saludarnos.

 

 Imagen de buscandounasalida

 

     Aunque existe riesgo de que te conviertas en un boludo como nosotros, te invito a que te unas a esta boludez comunitaria. Hace poco descubrimos un programita de karaoke que nos tiene… re boludos, justamente. ¡Vení, bolú, y boludeemos juntos!