Hace veinte años me gustaba cantar a los gritos. Mis padres pensaron seriamente que era hora de invertir en el incipiente talento de su criatura mandándola a un coro, en vez de ser cruelmente aturdidos en casa. Fue así como al los ocho años empecé mi promisoria carrera artística en un coro de niños que también cantaban a alarido limpio, igual que yo.
Estaba en la gloria, aprendiendo a cantar más agudo y a mayor volumen -sin que ello implicara algún aparente esfuerzo-, conociendo otras ciudades de mi provincia, haciendo nuevos amigos, embriagado del vértigo que producía estar en la fila de adelante -era el más petiso- y venciendo día a día mi pánico escénico.

Un par de años más tarde, en un encuentro coral, un conjunto nuevo aparecía en escena pero este se destacaba entre los demás: los chicos cantaban distinto, sonaban diferente, se movían en el escenario y (¡qué horror!) a veces actuaban desde la platea.
Nuestras limitadas cabecitas no nos permitían comprender por qué “los nuevos” generaban tanto interés en los -antes nuestros- oyentes. En vez de admirar esta nueva forma de hacer música coral y de emular la impecable técnica vocal que dominaban “los recientes contrincantes”, nos burlábamos de cómo movían la boca, de sus gestos y sus movimientos, confesábamos que sentiríamos mucha vergüenza si perteneciésemos a ese grupo. Claro, éramos chicos y poco -casi nada- sabíamos de música.

La traición de Laura
En un festival a mi coro le tocó actuar en primer lugar. Hacía tiempo que veníamos notando que Laura no participaba de nuestras burlas y, esa misma noche, entendimos por qué: casi al final del espectáculo la descubrimos cantando con esos chicos que, ante nuestros ojos, eran ridículos.
Para todos, la decisión nuestra compañera fue una traición. Pero yo veía su forma de proceder de otra manera: sospeché que esa nena estaba disfrutando de la interpretación, vi que tenía una soltura que para nosotros era desconocida, intuí que la estaba pasando bien. Sí, Laura estaba contenta y yo quería sentirme como ella.
Nunca más volvimos a verla en los ensayos y hasta dejó de saludarnos cuando nos encontrábamos, seguramente por miedo a que nos mofáramos de ella. Habíamos perdido a una amiga y la culpa era toda nuestra.
¿Cambiar yo?
Mi madre advirtió el potencial del flamante coro y trató de convencerme para que me cambiara. Pero yo no iba a traicionar a mis compañeros (tampoco me causaba gracia pasar a ser objeto de las agresiones) y mucho menos a mi orgullo. Me negué, entonces, rotundamente.
Pronto, cansado de las mismas piezas musicales de siempre, fui perdiendo interés por el canto y abandonando mis expectativas de cantante consagrado por la crítica universal (realmente estaba convencido de que cantaba bien… Y mi mamá también). Por la misma época, las noticias del “coro enemigo” iban aumentando en importancia: “Salteñitos de gira por Europa”, “Coro salteño recibido por el Papa en el Vaticano” y otros títulos por el estilo. Los demás me escuchaban renegar de ese éxito ajeno pero, secretamente, me ponía muy feliz saber que les estaba yendo tan bien y oír que cada vez cantaban mejor.
“Ars Nova” se escribe con ![]()
El coro del que estoy hablando se llama “Ars Nova” y sus integrantes son verdaderos artistas: cada uno de ellos es un solista -algo que parece imposible de concebir en una formación coral- pero todas las voces juntas suenan como una sola. Son expertos en manejar con gran ductilidad cada uno de los matices musicales que atrevidos entonan y dibujan, en notas precisas, desde la más tenue dulzura hasta la más abrupta eclosión-. Chicos que, además de cantar, tienen una capacidad de interpretación que genera, en quienes los escuchan, sentimientos y sensaciones.

Ya tiene veinte años y ha cosechado tanto que es imposible enumerar todos sus logros. Sólo por nombrar alguno, acaba de recibir -el 10 de septiembre pasado- el Premio Konex en la categoría coro, algo que es muy meritorio, ya que es la primera vez en la historia de la Fundación Konex que se le otorga un premio de características académicas a un coro de niños y jóvenes. Para los que no lo saben, este galardón se otorga a los artistas más reconocidos de nuestro país y, en la mayoría de los casos, los más aclamados por el público internacional -la Camerata Bariloche, Daniel Barenboim, Carlos López Puccio, y Luis Gorelik (director de la Orquesta Sinfónica de Salta) también fueron premiados en la misma ceremonia-.

Su directora, Ana Beatriz Fernández de Briones, lleva las riendas de este sueño compartido con tantos salteños. Pero muchos compatriotas no dimensionan del todo cómo es considerado el coro en el mundo. Claro, lo que pasa es que generalmente no se aprecia lo que uno ya tiene y parte de esta nota tiene que ver con eso: Ars Nova es nuestro, es salteño, es argentino, enorgullezcámonos de eso.
Podés verlos hoy mismo
Hoy, viernes 16 de octubre, el Coro de Niños y Jóvenes Ars Nova realizará un concierto homenaje por el Día de la Madre. La cita es en la Iglesia San Alfonso (Leguizamón 850 de la Ciudad de Salta) a las 21:15.
Yo no me lo pierdo. ¿Y ustedes?

























