La noche del 30 de diciembre de 2004, 194 chicos perdieron trágicamente la vida, en un episodio que se podría haber evitado.
Eran chicos como vos, como yo, como tu hermana, como tu novio que fueron a ver un recital de Callejeros, una banda de rock, a República Cromañón, un local de Buenos Aires que estaba “habilitado” para apenas un poco más de mil personas de capacidad.
La abulia de los funcionarios estatales, la codicia de los empresarios, la ineptitud (o corruptibilidad) de los inspectores, la vanidad de los artistas y la idea descabellada de un pibe que prendió una bengala, desencadenaron la pesadilla: una media sombra colgada del techo se prendió fuego, se consumió velozmente derritiéndose y generando un humo muy tóxico, que cubrió a la concurrencia en segundos.
Imaginemos la situación: está todo oscuro porque no hay equipo generador, no hay ventanas, no hay extractores. Tus sentidos se distorsionan, no ves la salida, no ves a tus amigos, no podés respirar, la gente grita que las puertas están encadenadas, sólo hay estridencia y miedo, pisás gente y no falta mucho para que también te aplasten a vos, las gotas de plástico hirviendo que caen por tu espalda no te dejan pensar… ¿Sobrevivirías?
No lo sabés porque no estuviste ahí. Porque justo para ese recital no te alcanzaba la guita, porque tus amigos decidieron no hacerte la gamba e ir solo no da, porque era el cumpleaños de tu viejo, porque te quedaste dormido, porque no te gusta Callejeros, porque te gusta más la cumbia, porque no te gusta la música.
Nunca lo sabrás. Porque, a pesar de que hubo unos pocos condenados -que, en definitiva se pueden escapar porque no está firme el fallo y ahora están en libertad- y de llorar de rabia al ver que la justicia falló porque no todos han recibido su merecido, vos aprendiste.

Aprendiste que cuando vas a un espectáculo lo primero que tenés que ubicar es la salida de emergencia, que te vas a ir de un lugar que esté abarrotado de gente, que vas a decirle al mal nacido que prende una bengala que la apague, que te vas a cuidar vos, que vas a cuidarme a mí, que vas a cuidar a tus amigos, a tus hermanos, a tus hijos.
Desde hace cuatro años y medio hay padres que no pueden arropar a sus chicos por las noches, compañeros que no transitan más los pasillos de la facultad, bancos vacíos en los colegios, equipos de fútbol incompletos. No sólo la vida de ellos quedó trunca: la de los demás también se detuvo en una noche fatídica, desde la cual el tiempo parece no avanzar. 194 muertes no valieron la pena. Porque esto no tuvo que pasar.









