Mis últimos meses como rep me tocó trabajar en una cuenta española. Me dijeron que se trataba de asesoramiento técnico y comercial, y que sólo tenía que ofrecer uno de tres productos que comercializaba dicha compañía.
Cambiar de área en una empresa de atención al cliente supone todo un cambio de rutina, es comerse una capacitación que generalmente es bastante compleja, es adaptarse a nuevos horarios (para atender a clientes del otro lado del océano, entrábamos a las 3 de la mañana), a nuevos compañeros, a nuevos jefes y a nuevos clientes. En cuanto a la atención, hay toda una idiosincrasia nueva a la que acostumbrarse: el cliente de telefonía celular no es lo mismo que el cliente de una aseguradora y un cliente argentino no es lo mismo que un cliente español.
Empezamos a trabajar asistiendo a españoles sin saber a qué se referían cuando decían “ordenador”, “me mola” o “mogollón”. También nos costaba hacer que nos entiendan, tuvimos que aprender a usar expresiones como “DeUveDe”, “no se enfade”, “su reclamación está siendo procesada”. No pasó mucho tiempo hasta que ese lenguaje que desconocíamos empezó a formar parte de nuestra cotidianeidad.
Pero ese no es el tema al que quiero llegar.
Decía que nos pedían que ofreciéramos uno de tres productos (una papa, pensé yo) pero, a medida que pasaban los días, las exigencias iban aumentando. Antes de que me despidieran (claro, yo era mal vendedor) teníamos todo un protocolo, con el que, si un cliente llamaba para saber el número de teléfono de una sucursal, le ofrecíamos desde chizitos hasta un plasma de 42 pulgadas. No dimos una buena impresión para nada, los argentinos fuimos depredadores de clientes. Pero lo que ellos no saben, es que cada diez minutos aparecía un coordinador preguntando cuántos productos habíamos vendido, publicaban nuestros nombres en una grilla mugrosa -que servía únicamente para mostrarles a todos qué mal que laburabas y que el orgulloso ganador ganaba $15 de comisión que cobraría dos meses más tarde- y teníamos largos sermones por nuestra “falta de actitud”… Lo que ellos tampoco se imaginan es que también teníamos a sus propios compatriotas vigilándonos para que aprovechásemos hasta la más mínima “inoportunidad” de venta.
Patética situación por donde la mires: desde el punto de vista del cliente, del empleado y del empleador.
Este link que coloco acá (http://ocurrenciashabituales.wordpress.com/2008/05/23/timando-que-es-gerundio/), lleva a un artículo de Manuel Abeledo, un amigo blogger de España, que ha padecido el arrebato de un vendedor inescrupuloso. A los argentinos no nos va a parecer raro el marco de agresividad en el que se da esta desafortunada comunicación porque -tristemente- estamos acostumbrados a los atropellos. Pero los españoles no se merecen ese tipo de maltrato.
Gracias, Manuel, por contarnos qué pasa y cómo piensan del otro lado de la línea telefónica… y del océano.