Cuando tenía cinco años mi madre me vistió de rojo y blanco y me arrastró a la calle. Apurados, compramos una boina y una banderita con los mismos colores y nos unimos a miles de personas en la Avenida Belgrano de Salta, mi ciudad. Poco entendía yo de tanta movilización y poco recuerdo de aquella noche pero lo que permanece intacto es la sensación de excitación, de alegría. “Va a volver la democracia”, me dijeron los grandes. Me subieron a los hombros de alguien y, a metros de mí, un hombre enérgico en sus palabras y en su tono de voz nos aseguraba que con la democracia se vota pero también se come, se cura y se educa. Fue en 1983 y el hombre era Raúl Ricardo Alfonsín.

Los argentinos vivíamos épocas oscuras y violentas. La falta de libertad de expresión y de prensa, el miedo, la opresión y el secuestro indiscriminado de personas por parte de los gobiernos militares ya no tenían sustento ni aceptación popular y, pronto, la situación se les iba a ir de las manos. La guerra de las Malvinas fue el último manotón de ahogado, miles de proscriptos sufrieron las consecuencias y la Argentina la condena mundial. Para entonces, Alfonsín ya era militante de la Unión Cívica Radical, partido en el que no era la primera figura pero tenía una gran fuerza. Con un pequeño grupo de gente de su confianza empezó a investigar los rastros de los secuestrados, sin tener ni a un solo conocido entre los desafortunados. Dedicó su vida a buscar cura para los recurrentes problemas de un país azotado por la violencia y por los arrebatos de quienes querían ejercer el poder: “Los argentinos debemos volver a ser pioneros, debemos marchar hacia nuevas metas, con la dignidad recuperada de los hombres libres, con la alegría de una libertad creadora”. Alfonsín apareció en escena política como una figura refrescante y se presentó ante la sociedad como el garante de la recuperación de las instituciones. Frente a la mecánica del terrorismo de estado, propuso una salida pacífica: “Vamos a constituir la unión nacional y consolidar la paz interior”.
Ganó las elecciones y asumió el 10 de diciembre del mismo año, fecha del Día Internacional de los Derechos Humanos. Fue una época inolvidable porque dejábamos atrás el terror: “Compatriotas, iniciamos una etapa nueva de la Argentina”. Luego de recuperar la libertad para nosotros, lo reconocimos como el padre de la democracia. Nunca renunció a llamar al diálogo: “Es imprescindible que nos demos cuenta de que tenemos que trabajar juntos, que es necesario el diálogo, no simplemente entre gobierno y oposición…”. Y sí, Raúl tenía un espíritu conciliador, igual a un padre que aconseja a sus hijos para que no estén enemistados.
Y como todo padre que tuvo aciertos, también cometió errores. La medida más recordada del gobierno alfonsinista fue hacer lo que ningún gobierno latinoamericano se había atrevido: juzgar a los militares. Al mismo tiempo creó la Comisión Nacional de la Desaparición de Personas (CO.NA.DE.P.), presidida por Ernesto Sábato. Después de un año de trabajo, el informe titulado Nunca Más se hizo público con las pruebas de más de ocho mil desapariciones -una tarea muy ardua pero nunca suficiente, pues los desaparecidos fueron varios miles más-. Pero luego de que los militares fueran sentenciados, Raúl promovió las leyes de obediencia debida y de punto final: él no quería que los juicios atravesaran a la sociedad con las controversias que generaban y con toda su carga emocional. La medida encendió los ánimos de las asociaciones vinculadas a las víctimas del proceso militar y de muchos que lo criticamos pero él -equivocado o no- tenía la fuerte convicción de que lo hacía por nuestro bien. En ese momento nos dimos cuenta de que, además de ser nuestro presidente, también era humano.

Alfonsín murió en su departamento, rodeado de su familia, como un hombre común, sin opulencia, sin lujo. Fue el único presidente de la Argentina de los últimos tiempos que no tuvo que desfilar por tribunales y el único que no se creyó con el derecho de enriquecerse por sólo haber detentado el poder. Hoy, 2 de abril, fue enterrado. En la misma fecha de 1983 se convocaba a las elecciones y el mismo día también se rinde homenaje a los veteranos y a los caídos en la Guerra de Malvinas.
Hoy, los argentinos nos sentimos un poco huérfanos. Pero Alfonsín nos dejó una herencia: un ejemplo, una esperanza y un consejo. Será nuestro modelo de honestidad, sinceridad, cordialidad, y templanza. Nos inculcó la convicción de que nunca más habrá un gobierno no elegido por los argentinos y que esto que dependería de nosotros: “Mientras estemos persuadidos de que es imprescindible comprender que la democracia no sólo es libertad sino que también es búsqueda de la igualdad, iremos conformando una sociedad más libre, una sociedad que es -en definitiva- la respuesta que nosotros y nuestros hijos esperan para una realidad que es necesario mejorar”. Finalmente, nos aleccionó para que no sigamos a líderes, sino a ideas.
Si hay algo que caracteriza a los jóvenes argentinos de mi generación es que casi no tenemos convicciones políticas. Pero estamos seguros de que Raúl fue el presidente más democrático, más libre de prejuicios y más amplio de pensamiento. Fue idealista, sensato, íntegro, decente. En definitiva, fue un buen hombre, un orgullo para el que se siente argentino y para el que quiera serlo. Vivimos una pérdida pero nos podemos consolar advirtiendo todas las cosas provechosas que nos dejó, asumiendo el compromiso de seguir y de transmitir su ejemplo de vida y conducta y reconociendo el privilegio de contar con sus ideas, que han dejado marca indeleble en la historia argentina.
El mismo día que murió, mi mamá estaba de rojo y blanco por casualidad. Me conmovió tener que contarle la noticia al mismo tiempo que la veía vestida con esos colores. Al día siguiente, cuando asistió a una misa que se oficiaba en la Catedral de Salta en memoria del presidente, eligió la misma combinación para rendirle homenaje. Después de veinticinco años yo ya no me visto de rojo y blanco pero sigo el consejo que Alfonsín nos dejó: no seguir a un partido político o a un líder, sino a las ideas. Y esos ideales son los que voy a transmitirles a mis hijos.
