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Lloverá
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Lloverá
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Hace tiempo publiqué una guía sobre todo lo que no se debe hacer para que aquellas situaciones de interacción con el sexo opuesto no se transformen en momentos de lastimoso galanteo. Tómense estas líneas como instructivo para entender un nuevo flagelo que acongoja a los hombres de mi generación y como una continuación de las infelices situaciones en las que me vi envuelto a la hora de hacerme el galán.
Quizás en tu grupo de amigos todavía quede algún soltero que no enganche ni con ganzúa. No seas mala persona y no lo molestes porque sufre de una enfermedad muy común de este nuevo siglo: el “computismo” (se manifiesta con el síntoma de soledad desasociada, acompañado de sedentarismo extremo y de un tremendo olor a patas).
Se trata de un trastorno que -al igual que la carencia de fotogenia- se manifiesta desde el nacimiento y es una variación de la “soltería” de la centuria pasada. El aislamiento que genera Internet y el maravilloso mundo virtual perjudican a estas inocentes víctimas que asumen su condición frente al reconfortante tiqui-taca del teclado, defendiendo hasta la muerte que es mucho más placentero aprender a hacer un elefantito de papel por origami.com, que agarrar un libro por primera vez en años.

Si alguna vez tiene el infortunio de quedar desconectado del mundo, maldice y saca trabajosamente su voluminosa existencia a la luz del sol en busca de un cyber-café. Nada le impedirá que en su Facebook siga cargando operías sobre cuestiones a las que nadie le interesa, para que las vea el único contacto que le quedó -todos lo bloquearon por escribir arbitrariamente la frase “hablemos de discriminación” en los muros ajenos-. Nada le vedará el deseo compulsivo de mantener su cuenta de Twitter más actualizada que la página de Clarín en épocas de sanción de la ley de medios audiovisuales.

Pero el sujeto de estudio, aquí citado, también sale a la calle -muy de vez en cuando- por otros motivos. Es en esos vertiginosos minutos en los que queda totalmente a la deriva y sin amparo, si tiene que comunicarse con alguna mujer (algo que pasa, sobre todo, cuando uno se olvida su masculinidad colgada en el perchero). Debo comunicarles, con pesar, que he notado -en una sola conversación- algunos indicios de dicha afección en mi persona:
Indicio 1:
- Hola, ¿vos sos Ana? ¿Te acordás de mí? Fuimos compañeros de coro cuando éramos chicos.
- ¡No me digás que sos Federico! ¡Me acuerdo que comías queso rallado en los ensayos! ¡Jajajajaja! ¡Qué asco!
- …
Indicio 2:
- Sí, je. Soy yo. ¿Cómo estás?
- ¿Seguís comiendo queso rallado?
- (Y dale que va…) Sí, a veces. ¿Salías del gimnasio este?
- Sí, vine a averiguar si hay Pilates pero mejor no vengo acá, porque vos sí venís acá, ¿no? Menos mal porque buena falta te va a hacer con esa panzota, jajaja. ¿Recién empezando con el ejercicio?
- …
Indicio 3:
- No, no, hace seis meses que vengo.
- ¡Uh! Bueno, ¡cómo habrás estado antes!
- …
Indicio 4:
- ¿Tetttteeee… nés Facebook?
- ¡Chau, chau!
- …
Hace veinte años me gustaba cantar a los gritos. Mis padres pensaron seriamente que era hora de invertir en el incipiente talento de su criatura mandándola a un coro, en vez de ser cruelmente aturdidos en casa. Fue así como al los ocho años empecé mi promisoria carrera artística en un coro de niños que también cantaban a alarido limpio, igual que yo.
Estaba en la gloria, aprendiendo a cantar más agudo y a mayor volumen -sin que ello implicara algún aparente esfuerzo-, conociendo otras ciudades de mi provincia, haciendo nuevos amigos, embriagado del vértigo que producía estar en la fila de adelante -era el más petiso- y venciendo día a día mi pánico escénico.

Un par de años más tarde, en un encuentro coral, un conjunto nuevo aparecía en escena pero este se destacaba entre los demás: los chicos cantaban distinto, sonaban diferente, se movían en el escenario y (¡qué horror!) a veces actuaban desde la platea.
Nuestras limitadas cabecitas no nos permitían comprender por qué “los nuevos” generaban tanto interés en los -antes nuestros- oyentes. En vez de admirar esta nueva forma de hacer música coral y de emular la impecable técnica vocal que dominaban “los recientes contrincantes”, nos burlábamos de cómo movían la boca, de sus gestos y sus movimientos, confesábamos que sentiríamos mucha vergüenza si perteneciésemos a ese grupo. Claro, éramos chicos y poco -casi nada- sabíamos de música.

La traición de Laura
En un festival a mi coro le tocó actuar en primer lugar. Hacía tiempo que veníamos notando que Laura no participaba de nuestras burlas y, esa misma noche, entendimos por qué: casi al final del espectáculo la descubrimos cantando con esos chicos que, ante nuestros ojos, eran ridículos.
Para todos, la decisión nuestra compañera fue una traición. Pero yo veía su forma de proceder de otra manera: sospeché que esa nena estaba disfrutando de la interpretación, vi que tenía una soltura que para nosotros era desconocida, intuí que la estaba pasando bien. Sí, Laura estaba contenta y yo quería sentirme como ella.
Nunca más volvimos a verla en los ensayos y hasta dejó de saludarnos cuando nos encontrábamos, seguramente por miedo a que nos mofáramos de ella. Habíamos perdido a una amiga y la culpa era toda nuestra.
¿Cambiar yo?
Mi madre advirtió el potencial del flamante coro y trató de convencerme para que me cambiara. Pero yo no iba a traicionar a mis compañeros (tampoco me causaba gracia pasar a ser objeto de las agresiones) y mucho menos a mi orgullo. Me negué, entonces, rotundamente.
Pronto, cansado de las mismas piezas musicales de siempre, fui perdiendo interés por el canto y abandonando mis expectativas de cantante consagrado por la crítica universal (realmente estaba convencido de que cantaba bien… Y mi mamá también). Por la misma época, las noticias del “coro enemigo” iban aumentando en importancia: “Salteñitos de gira por Europa”, “Coro salteño recibido por el Papa en el Vaticano” y otros títulos por el estilo. Los demás me escuchaban renegar de ese éxito ajeno pero, secretamente, me ponía muy feliz saber que les estaba yendo tan bien y oír que cada vez cantaban mejor.
“Ars Nova” se escribe con ![]()
El coro del que estoy hablando se llama “Ars Nova” y sus integrantes son verdaderos artistas: cada uno de ellos es un solista -algo que parece imposible de concebir en una formación coral- pero todas las voces juntas suenan como una sola. Son expertos en manejar con gran ductilidad cada uno de los matices musicales que atrevidos entonan y dibujan, en notas precisas, desde la más tenue dulzura hasta la más abrupta eclosión-. Chicos que, además de cantar, tienen una capacidad de interpretación que genera, en quienes los escuchan, sentimientos y sensaciones.

Ya tiene veinte años y ha cosechado tanto que es imposible enumerar todos sus logros. Sólo por nombrar alguno, acaba de recibir -el 10 de septiembre pasado- el Premio Konex en la categoría coro, algo que es muy meritorio, ya que es la primera vez en la historia de la Fundación Konex que se le otorga un premio de características académicas a un coro de niños y jóvenes. Para los que no lo saben, este galardón se otorga a los artistas más reconocidos de nuestro país y, en la mayoría de los casos, los más aclamados por el público internacional -la Camerata Bariloche, Daniel Barenboim, Carlos López Puccio, y Luis Gorelik (director de la Orquesta Sinfónica de Salta) también fueron premiados en la misma ceremonia-.

Su directora, Ana Beatriz Fernández de Briones, lleva las riendas de este sueño compartido con tantos salteños. Pero muchos compatriotas no dimensionan del todo cómo es considerado el coro en el mundo. Claro, lo que pasa es que generalmente no se aprecia lo que uno ya tiene y parte de esta nota tiene que ver con eso: Ars Nova es nuestro, es salteño, es argentino, enorgullezcámonos de eso.
Podés verlos hoy mismo
Hoy, viernes 16 de octubre, el Coro de Niños y Jóvenes Ars Nova realizará un concierto homenaje por el Día de la Madre. La cita es en la Iglesia San Alfonso (Leguizamón 850 de la Ciudad de Salta) a las 21:15.
Yo no me lo pierdo. ¿Y ustedes?







Hace un año, cuando se hizo la presentación de la recopilación de textos de mi bisabuelo, mi familia hizo una promesa: todo el dinero recaudado por las ventas del libro “Obras completas de Federico Gauffin” sería transformado en ayuda para la escuela que lleva su nombre -situada en Campo Largo, en las inmediaciones del Chaco Salteño-.


El 15 de agosto pasado, la primera parte del compromiso (esperamos poder seguir ayudando) se cumplió. Las donaciones llegaron a la escuelita en manos de cinco nietos del escritor -mis tíos Pilar, Marisa, Andrés, José y Marcelo Gauffin-, quienes se aseguraron de que cada uno recibiera lo que necesitaba.
Fue un viaje con muchas emociones pero mejor dejo que Pilar cuente lo que vivieron (el texto tiene algunas pequeñas modificaciones que le hice al original para adaptarlo a la lectura en el blog):
Pequeño relato de la visita (por Pilar Gauffin):
Cuando llegamos a la Escuela “Federico Gauffin” y comenzó la fiesta para los chicos. Para nosotros era todo un desafío recordar algunas caritas que, después de tres años, habían cambiado mucho. Abrazos y besos con ellos, y también con María la ordenanza, con Fermina y otras madres y abuelas. No conocíamos a la maestra Miriam porque ella asumió recién este año, es una chica con gran vocación para el magisterio.
Los padres de la Cooperadora se habían ocupado del almuerzo: empanadas fritas y asado de chiva, lechón hecho en horno de barro y un poco de puré de papas. Después de sacudirnos la tierra del camino, de acomodarnos al calor que hacía en esos momentos en el Chaco, de lavarnos las manos con un jarrito y de saludarnos con todos, acompañamos a los chicos mientras almorzaban -que ya habían rezado agradeciendo los alimentos que iban a recibir-. Luego comimos nosotros con los grandes, gente simple y muy generosa.
Durante la siesta hizo más calor aún pero los chicos tenían energía para rato y querían mostrarnos sus juegos, sus cabras, su madrejón. Hacia allí fuimos Marisa -mi hermana- y yo. Los chicos estaban fascinados con las fotos y las filmaciones, querían posar de mil maneras y verse inmediatamente en las pantallitas de las cámaras.

De vuelta en la escuela llegó el momento de las canciones y las danzas. Cantan a los gritos, con el corazón. Las chicas tienen vergüenza de los chicos y no los querían cerca, pero después se animaron y, aunque sea entre hermanas, bailaron chacareras y chamamés.
Y llegó el momento de los regalos: la maestra leyó el acta donde constan las cosas que llevamos. Los elementos de jardinería les gustaron mucho (es importante que fortalezcan la cultura de la huerta para poder incorporar vegetales en su alimentación). El equipo de DVD, los parlantes, las películas, los CDs de canciones escolares, los diccionarios y otros elementos escolares también fueron muy bien recibidos.
Las zapatillas les encantaron, había chiquitos descalzos, que caminan cuatro kilómetros a la escuela diariamente. Por ejemplo, Robertito y sus hermanitos.

La maestra agradeció a la familia del escritor Federico Gauffin por ser padrinos de la escuela y de los chicos. Por supuesto dejamos un libro del abuelo para la biblioteca de la escuela.
Estos chiquitos, en ese medio tan árido y en su pobreza, son muy alegres y dados, muy compañeros entre ellos. Son adorables. La fiesta terminó con un partido de fútbol, en el que levantaron más polvo que el viento que llegaba con fuerza al Chaco.


Al día siguiente -después de dormir bajo el magnífico cielo del Chaco, tachonado de estrellas- firmamos el libro de actas de la escuela. Vimos unas fotos de nuestro padre -Alejandro Gauffin- y, en el libro de actas, consta una visita que él hizo en el año 1966, si mal no recuerdo. Bueno, mi “pequeño relato” se extendió. De mi parte y de mis hermanos, gracias por habernos permitido llegar nuevamente a la escuela con la recaudación de la venta del libro “Obras completas de Federico Gauffin”. ¡Qué bueno que ahora esta iniciativa se extienda a toda la familia!

¡Gracias Marcelo, José, Pilar, Andrés y Marisa por ser portadores de tan buenas noticias!
Nota: las fotos y los videos son innumerables. Espero haber elegido los más representativos.

Hace unos días uno de los blogs que leo asiduamente fue hackeado por vaya uno a saber qué inadaptado. En El Bobero Agustín Aguirre compila textos desde hace tres años, un trabajo que -todos los bloggers sabemos- cuesta sangre, sudor y lágrimas.
Quiero manifestar mi descontento y mi repudio ante semejante acto de censura y vandalismo e invito a todos los autores y lectores de blogs que lean este post a que se sumen a esta denuncia (yo sé que cualquiera que haya pasado por elbobero.com conoce su laburo y su talento literario y va a acompañar a Agustín en este mal momento).
Por suerte, mi colega Aguirre no es de los tipos que se quedan de brazos cruzados frente a circunstancias adversas y estoy seguro de que va a encontrar una solución. Una lástima que haya tanta mala leche, con el esfuerzo que significa mantener un espacio de estas características.
En estos días no me queda otra que resignarme a no leer el blog de Agustín. Sin embargo tengo la satisfacción de haberme comprado su libro hace poquitos días. Así es: podrán silenciar virtualmente la voz de un autor con todas las letras pero no podrán vendarnos los ojos a sus lectores.

Estoy aquí, con las manos quietas y estos dedos extraños. Aquí me ves, con el alma partida en dos y el corazón arrugado. Del mismo lugar no me muevo y es probable que sólo descubra desolación a mis costados. Allá me reconozco, gris y borroso, en el espejo reflejado.
Hoy he asumido mi condición de desempleado.


… pero no las únicas: la tuya también cuenta.
Durante el mes que pasó las estadísticas se dispararon a cifras que este blog no estaba acostumbrado a experimentar. Apenas observé el fenómeno, lo tomé con mucha alegría porque quiere decir que cada vez hay más lectores. Pero, al ver que la curva seguía creciendo empecé a sospechar.

La duda empezó a entretejerse cada vez más cuando releí algunos comentarios de lectores de meses atrás. Aquí está el primero de estos:

¿Este muchacho busca a alguien para hacer lo que yo me imagino que tiene ganas de hacer? No, no puedo ser tan mal pensado che, eso de creer que la gente tiene intenciones non sanctas no es de buen blogger. A ver los otros…

Google me está jugando una mala pasada. No por casualidad todo este tipo de “contribuciones” de mis calientes lectores fueron en un post que se llama “Manual de sexo cibernético” (que nada tiene de manual y mucho menos de sexo cibernético).

¿Acaso la gente ya no lee antes de mandarse así como se mandan? ¿Quizás la calentura les nubla la vista? ¿A lo mejor las necesidades insatisfechas los lleva a denigrar de esta manera a mi pobre blogcito de pocos (pero fieles) lectores?
Buscando una salida se ha convertido (por más que mis intenciones hayan sido totalmente distintas) en una página de contactos sexuales. Ni yo me lo creo. Hasta he recibido un par de propuestas para hacer cochinadas. Si me invitan a alguna fiestita, yo pago la cerveza.
El movimiento de los brazos reducido apenas a unos pequeños grados, la tremenda sensación de estar llevando a Montserrat Caballé a cococho, las pantorrillas que queman tanto que hay que caminar en puntitas de pie, no poder llevarse el mate a la boca ni sonarse los mocos, tener que pensar dos veces antes de doblar el cuello o la cintura, sentir arrepentimiento inmediato al inclinarse…
No estaría lamentándome si no hubiera tomado la irreversible determinación de volver al gimnasio. No estaría llorando de dolor si, además, no hubiera decidido cambiar de gimnasio.
Un nuevo instructor puede ser fatal: no conoce tus limitaciones, cree que no hacés los ejercicios que te pide por vago, te reduce a la más repugnante escoria humana, te mira con asco, con cara de “¡aghh!, ¡sos un vil gusano desagradable y obeso!”. Y a mí me tocó la peor parte. Fui un viernes por la tarde, averigüé precios, curioseé entre los aparatos… Parecía suficiente. “El lunes vengo”, dije.
Tres días más tarde -y luego de un esmerado autoconvencimiento de que esto me iba a hacer bien- me presenté con mi toallita y mi botellita de agua, feliz y contento de empezar una nueva vida, saludable y placentera. Me inscribí, pagué y cuando me doy vuelta conozco al INSTRUCTOR. ¡Apaaaa!
180 kilogramos de músculo puro, tres cabezas más alto y dos espaldas más ancho que yo. Apenas me encontré de frente con una mano que pretendía estrechar la mía tuve que mirar para arriba y, entre los pectorales prominentes, asomó la cabeza del torturador. Se presentó, me presenté con voz temblorosa y finita, me dejó la mano (manita) cachusa y mojada de transpiración ajena y me dio las instrucciones del precalentamiento: veinte minutos de cinta.
- Pero no me gusta correr, ¿no es mejor la bicicleta fija?
- No.
- Pero… pero… (…)
- No. Aparte, mirá toda la grasa que tenés.
Fue una pesadilla: el tipo estiró un brazo y atrapó violentamente un rollo, con dos dedos más duros que una tenaza, que reposaba tranquilo al costado de mi pobre pancita cervecera y humillada. Lo zarandeó a los cuatro puntos cardinales, delante de todos los presentes que no hicieron el más mínimo el esfuerzo de contener las risitas socarronas. Con la cabeza gacha, caminé pesadamente hasta la cinta, sintiéndome más gordo, sorete y vencido que nunca. Esta realidad en nada se parecía a la mañana que había imaginado, andando plácidamente en bicicleta. La gente me miraba con lástima… ¡y me dolía mi rollito!
Esa hora y media fue interminable, puse mi mente en blanco y me repetía hasta el cansancio “¡Ya va a pasar! ¡Ya va a pasar! ”. La idea de una liposucción (bajo el poncho, sin que nadie se entere) como solución a mis problemas se había esfumado: ahora prefería que me corten los brazos y las piernas.
Llegué a casa, tiré las llaves sobre el sillón (no alcanzaba el porta-llaveros de la pared) y me metí en la ducha a duras penas. Sólo pude lavarme desde la cintura -pasando por mi ardido rollito- hasta los codos. Me recosté trabajosamente en la cama mientras me picaba la espalda. Y recién ahí pensé “¡Mamita! ¡Me quiero morir!”
Hoy, a fuerza de analgésicos por partida doble, hago el tremendo esfuerzo para alcanzar las teclas y contar mi experiencia. Ya no hay tantos problemas con la picazón insatisfecha: encontré una regla de 30 cm. Me parece que el resto de la semana mi rollito y yo nos tomamos vacaciones del gimnasio.

La noche del 30 de diciembre de 2004, 194 chicos perdieron trágicamente la vida, en un episodio que se podría haber evitado.
Eran chicos como vos, como yo, como tu hermana, como tu novio que fueron a ver un recital de Callejeros, una banda de rock, a República Cromañón, un local de Buenos Aires que estaba “habilitado” para apenas un poco más de mil personas de capacidad.
La abulia de los funcionarios estatales, la codicia de los empresarios, la ineptitud (o corruptibilidad) de los inspectores, la vanidad de los artistas y la idea descabellada de un pibe que prendió una bengala, desencadenaron la pesadilla: una media sombra colgada del techo se prendió fuego, se consumió velozmente derritiéndose y generando un humo muy tóxico, que cubrió a la concurrencia en segundos.
Imaginemos la situación: está todo oscuro porque no hay equipo generador, no hay ventanas, no hay extractores. Tus sentidos se distorsionan, no ves la salida, no ves a tus amigos, no podés respirar, la gente grita que las puertas están encadenadas, sólo hay estridencia y miedo, pisás gente y no falta mucho para que también te aplasten a vos, las gotas de plástico hirviendo que caen por tu espalda no te dejan pensar… ¿Sobrevivirías?
No lo sabés porque no estuviste ahí. Porque justo para ese recital no te alcanzaba la guita, porque tus amigos decidieron no hacerte la gamba e ir solo no da, porque era el cumpleaños de tu viejo, porque te quedaste dormido, porque no te gusta Callejeros, porque te gusta más la cumbia, porque no te gusta la música.
Nunca lo sabrás. Porque, a pesar de que hubo unos pocos condenados -que, en definitiva se pueden escapar porque no está firme el fallo y ahora están en libertad- y de llorar de rabia al ver que la justicia falló porque no todos han recibido su merecido, vos aprendiste.

Aprendiste que cuando vas a un espectáculo lo primero que tenés que ubicar es la salida de emergencia, que te vas a ir de un lugar que esté abarrotado de gente, que vas a decirle al mal nacido que prende una bengala que la apague, que te vas a cuidar vos, que vas a cuidarme a mí, que vas a cuidar a tus amigos, a tus hermanos, a tus hijos.
Desde hace cuatro años y medio hay padres que no pueden arropar a sus chicos por las noches, compañeros que no transitan más los pasillos de la facultad, bancos vacíos en los colegios, equipos de fútbol incompletos. No sólo la vida de ellos quedó trunca: la de los demás también se detuvo en una noche fatídica, desde la cual el tiempo parece no avanzar. 194 muertes no valieron la pena. Porque esto no tuvo que pasar.

(Cuadro comparativo de los desgéneros)
|
Una mujer |
se ríe |
cuando su peor enemiga se desgracia. |
|
Un hombre |
de su jefe cornudo. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
se calla |
cuando muere. |
|
Un hombre |
cuando se casa, hasta que muere. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
adora |
“Sex and the city” |
|
Un hombre |
la caza pero no la practica. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
se queja |
de “los zapatitos que me aprietan” |
|
Un hombre |
del precio del fútbol codificado. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
se pregunta |
“¿esta será la chirusa, que se transó a fulano y se acostó con mengan…?” |
|
Un hombre |
“¿me rasco o no me rasco?” |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
critica |
a aquella, que se viste como trola y que seguro le viene bien cualquier bondi. |
|
Un hombre |
el auto pedorro que se compró su cuñado. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
admira |
la bijouterie de la suegra que anhela heredar algún día. |
|
Un hombre |
a aquella, que se viste como trola pero que tiene un lomo que parte la tierra. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
desea |
lo mismo que se hizo aquella en el quirófano. |
|
Un hombre |
la novia de su mejor amigo que se viste como trola. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
envidia |
los zapatos de esta, el vestido de aquella, el anillo de la de más allá, las extensiones de… |
|
Un hombre |
a su mejor amigo, que tiene una novia que se viste como trola. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
se emociona |
con las liquidaciones, cuando termina la temporada. |
|
Un hombre |
con “Mi viejo”, de Piero. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
llora |
por culpa del imbécil del peluquero. |
|
Un hombre |
cuando una vieja de 200 kg se le para sobre el dedo chiquito del pie. |
|
|
|
|
|
|
Una mujer |
teme |
cuando su marido se va de viaje “de negocios”. |
|
Un hombre |
cuando su mujer se sienta al volante. |
|
|
|
|
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Una mujer |
se ríe |
cuando su peor enemiga se desgracia. |
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Un hombre |
de su jefe cornudo. |
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Una mujer |
se calla |
cuando muere. |
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Un hombre |
cuando se casa, hasta que muere. |
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Una mujer |
adora |
“Sex and the city” |
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Un hombre |
la caza pero no la practica. |
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Una mujer |
se queja |
de “los zapatitos que me aprietan” |
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Un hombre |
del precio del fútbol codificado. |
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Una mujer |
se pregunta |
“¿esta será la chirusa, que se transó a fulano y se acostó con mengan…?” |
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Un hombre |
“¿me rasco o no me rasco?” |
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Una mujer |
critica |
a aquella, que se viste como trola y que seguro le viene bien cualquier bondi. |
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Un hombre |
el auto pedorro que se compró su cuñado. |
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Una mujer |
admira |
la bijouterie de la suegra que anhela heredar algún día. |
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Un hombre |
a aquella, que se viste como trola pero que tiene un lomo que parte la tierra. |
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Una mujer |
desea |
lo mismo que se hizo aquella en el quirófano. |
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Un hombre |
la novia de su mejor amigo que se viste como trola. |
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Una mujer |
envidia |
los zapatos de esta, el vestido de aquella, el anillo de la de más allá, las extensiones de… |
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Un hombre |
a su mejor amigo, que tiene una novia que se viste como trola. |
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Una mujer |
se emociona |
con las liquidaciones, cuando termina la temporada. |
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Un hombre |
con “Mi viejo”, de Piero. |
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Una mujer |
llora |
por culpa del imbécil del peluquero. |
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Un hombre |
cuando una vieja de 200 kg se le para sobre el dedo chiquito del pie. |
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Una mujer |
teme |
cuando su mujer se sienta al volante. |
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Un hombre |
cuando su marido se va de viaje “de negocios” |
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No creo en estas cosas pero esta vez no me queda otra. Escribo ahora para distraerme: estoy solo en casa, son las tres de la mañana y no aguanto esta tensión en la espalda, esta contractura.
Todo empezó hace tres meses, cuando nos mudamos. Costó conseguir un lugar como la gente, uno a donde entrara toda la familia, tantos muebles y semejante biblioteca. Nos fuimos a un departamento céntrico, amplio, bien luminoso y ruidoso. Pero, cuando la ciudad se va a dormir, el silencio desnuda los secretos que ocultan estas paredes.
En casa somos muchos y hay bastante movimiento, a cada rato entra y sale gente. Quizás por eso los problemas empiezan cuando queda alguien solo… Un pequeño escalofrío bastó para que empezara a enviar mensajitos de texto a todos los familiares que hoy no pasan la noche en casa. Hice preguntas, recibí respuestas inmediatas -y casi me infarto con el beep de cada mensaje-, até cabos y llegué a esta conclusión: no estoy loco… y tampoco estoy solo, como creía.
Arroz con leche,
Me quiero quedar
en esta casa linda y poder asustar
a la madre, a los hijos
y también a los vecinos.
¡De acá no me voy nunca, o me pongo a llorar!
A uno lo destaparon de golpe mientras trataba de conciliar el sueño, a otro le abrían y cerraban las puertas del placard, a otra le tiraron del pelo y a mi madre le hicieron la zancadilla. A todos por la noche. Y yo me pregunto: ¿qué me hará a mí? Por ahora sólo noté un movimiento involuntario del cursor en la pantalla. No hubo contacto pero, por las dudas, no me voy a distraer.
Maldito sea el momento en que decidí no irme de viaje con los demás para tener un poco de tranquilidad. Malditos sean mis planes de quedarme solo para poder estudiar sin que nadie me interrumpiera. Maldita oscuridad. Maldito frío. Malditos pasillos. Malditos pasos. Malditas risitas. Maldita memoria traicionera, que no me deja acordarme si cerré la puerta con llave.
Y sigue jugando con mis nervios. Trato de parecer tranquilo. La sensación de que me están observando me hace transpirar. Cruzo los dedos (no sé para qué, como si eso me protegiera). ¡Qué ganas de llorar! Ensayo una oración -de esas que me enseñaron en el Catecismo- pero me sale al revés, ¡así no sirve!
Aserrín, aserrán
¿los miedosos donde están?
pido paz, no me dan
pido juegos, me dan un rezo
y me mandan al infierno.

Los pasos de piecitos descalzos se acercan y alejan a cada rato. Las risitas son ahogadas, suavecitas, como las de una nena que se tapa la boca con la picardía de quien encuentra el escondite perfecto. Pienso en algún amuleto, como una medalla, una estampita, un rosario -pero para eso hay que atravesar el pasillo hasta el cuarto de mi madre y, de acá, no me muevo ni mamado-. Quiero cerrar la puerta de mi habitación pero no me animo, no vaya a ser que quieran golpearla.
Los pasos y las risitas cesan. No quiero mirar pero mis ojos me traicionan y veo…
Veo, Veo…
¿Que ves?
A un miedoso
¿Y qué miedoso es?
Empieza con la “F”
¿Quién será? ¿Quién será? ¿Quién será?

No creo en estas cosas pero esta vez no me queda otra. Escribo ahora para distraerme: estoy solo en casa, son las tres de la mañana y no aguanto esta tensión en la espalda, esta contractura.
Todo empezó hace tres meses, cuando nos mudamos. Costó conseguir un lugar como la gente, un lugar a donde entrara toda la familia, tantos muebles y semejante biblioteca. Nos fuimos a un departamento céntrico, amplio, bien luminoso y ruidoso. Pero, cuando la ciudad se va a dormir, el silencio desnuda los secretos que ocultan estas paredes.
En casa somos muchos y hay bastante movimiento, a cada rato entra y sale gente. Quizás por eso los problemas empiezan cuando queda alguien solo… Un pequeño escalofrío bastó para que empezara a enviar mensajitos de texto a todos los familiares que hoy no pasan la noche en casa. Hice preguntas, recibí respuestas inmediatas -y casi me infarto con el beep de cada mensaje-, até cabos y llegué a esta conclusión: no estoy loco… y tampoco estoy solo, como creía.
Arroz con leche,
Me quiero quedar
en esta casa linda y poder asustar
a la madre, a los hijos
y también a los vecinos.
¡De acá no me voy nunca, o me pongo a llorar!
A uno lo destaparon de golpe mientras trataba de conciliar el sueño, a otro le abrían y cerraban las puertas del placard, a otra le tiraron del pelo y a mi madre le hicieron la zancadilla. A todos por la noche. Y yo me pregunto: ¿ahora me tocará a mí? Por ahora sólo noté un movimiento involuntario del cursor en la pantalla. No hubo contacto pero, por las dudas, no me voy a distraer.
Maldito sea el momento en que decidí no irme de viaje con los demás para tener un poco de tranquilidad. Malditos sean mis planes de quedarme solo para poder estudiar sin que nadie me interrumpiera. Maldita oscuridad. Maldito frío. Malditos pasillos. Malditos pasos. Malditas risitas. Maldita memoria traicionera, que no me deja acordarme si cerré la puerta con llave.
Y sigue jugando con mis nervios. Trato de parecer tranquilo. La sensación de que me están observando me hace transpirar. Cruzo los dedos (no sé para qué, como si eso me protegiera). ¡Qué ganas de llorar! Ensayo una oración -de esas que me enseñaron en el Catecismo- pero me sale al revés, ¡así no sirve!.
Aserrín, aserrán
¿los miedosos donde están?
pido paz, no me dan
pido juegos, me dan un rezo
y me mandan al infierno.
Los pasos de piecitos descalzos se acercan y alejan a cada rato. Las risitas son discretas y suavecitas, como de una nena que se tapa la boca con la picardía de quien encuentra el escondite perfecto. Pienso en algún amuleto, como una medalla, una estampita, un rosario -pero para eso hay que atravesar el pasillo hasta el cuarto de mi madre y, de acá, no me muevo ni mamado-. Quiero cerrar la puerta de mi habitación pero no me animo, no vaya a ser que quieran golpearla.
Los pasos y las risitas cesan. No quiero mirar pero mis ojos me traicionan y veo…
Veo, Veo…
¿Que ves?
A un miedoso
¿Y qué miedoso es?
Empieza con la “F”
¿Quién será? ¿Quién será? ¿Quién será?